Con el 99,870 % de las actas procesadas, Keiko Sofía Fujimori Higuchi, candidata de Fuerza Popular, mantiene una ventaja de 44.109 votos sobre Roberto Helbert Sánchez Palomino, de Juntos por el Perú, en la segunda vuelta presidencial celebrada el 7 de junio. La diferencia resulta ya matemáticamente inalcanzable para el aspirante de izquierda, según los datos oficiales de la Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE) actualizados al 24 de junio a las 14:10.
Fujimori acumula 9.207.625 sufragios, equivalentes al 50,120 % de los votos válidos, mientras que Sánchez registra 9.163.516 votos, que representan el 49,880 %. Solo restan 121 actas pendientes de envío a los Jurados Electorales Especiales (JEE) y ninguna sin procesar sobre un total de 92.766 actas. El volumen de electores que aún podrían incorporarse al cómputo es muy inferior a la brecha actual, lo que torna irreversible el resultado.
La ventaja de la líder de Fuerza Popular se amplió de manera sostenida en las etapas finales del escrutinio. Al 99,859 % de las actas, la diferencia alcanzaba los 43.386 votos (9.206.241 contra 9.162.855). En cortes anteriores, con alrededor del 99,7 %, la brecha oscilaba entre 40.000 y 40.800 sufragios. El total de votos válidos emitidos en la segunda vuelta supera los 18,37 millones.
El desglose territorial explica el desenlace. Sánchez obtuvo una ligera ventaja dentro del territorio peruano (aproximadamente 50,1 % frente a 49,8 %), pero Fujimori logró un respaldo amplio en el voto de peruanos en el extranjero (63,1 % contra 36,8 %), con una ventaja superior a los 80.000 sufragios en esa categoría. Esa diferencia en el exterior revirtió la tendencia y definió el resultado final.
El partido de Sánchez ha cuestionado el procedimiento de conteo de los votos emitidos en el exterior y solicitó la anulación de esas mesas. Los Jurados Electorales Especiales rechazaron los pedidos por extemporáneos o por falta de pago de tasas. Hasta el momento, Juntos por el Perú no ha presentado evidencias de fraude, aunque sostiene que una resolución de la ONPE posterior a la primera vuelta modificó los estándares de seguridad jurídica. La ONPE aclaró que el cambio —uso de valijas diplomáticas en lugar de escaneo consular— respondió a un pedido de la Cancillería y se ajusta a la normativa vigente.
De confirmarse estos resultados en la proclamación oficial del Jurado Nacional de Elecciones (JNE), prevista para mediados de julio, Fujimori asumiría la Presidencia de la República por un mandato de cinco años a partir del 28 de julio. Perú atraviesa una década marcada por la inestabilidad política y la sucesión de seis presidentes en ocho años. Su eventual victoria modificaría el equilibrio de fuerzas en América Latina.
Una tendencia continental
En el contexto de la ajustada victoria virtual de Fujimori en la segunda vuelta presidencial de Perú, se observa un reacomodo más amplio del mapa político latinoamericano hacia opciones de derecha y centroderecha en varios países. Este giro, impulsado por demandas de seguridad, descontento económico y fatiga con experiencias progresistas previas, se manifestó de manera reciente también en Colombia, donde el abogado penalista Abelardo de la Espriella, conocido como “El Tigre”, se impuso en la segunda vuelta del 21 de junio de 2026.
Según reportes de diversos medios regionales, en los últimos años se consolidaron o emergieron liderazgos de derecha en nuestro país (Javier Milei), El Salvador (Nayib Bukele, reelegido con énfasis en mano dura contra las pandillas), Ecuador (Daniel Noboa, centroderecha enfocada en seguridad), Paraguay (Santiago Peña) y, más recientemente, Chile con José Antonio Kast. A estos se suman ahora Perú, con la virtual presidencia de Fujimori, y Colombia. Los analistas destacan factores comunes: el desgaste de gobiernos de izquierda asociados a problemas de inseguridad, inflación o lentitud en resultados; el auge de discursos antisistema; y la prioridad ciudadana por políticas de orden frente al crimen organizado y el narcotráfico.
Colombia
Colombia celebró el 21 de junio su segunda vuelta presidencial tras un proceso polarizado. De la Espriella, outsider de 47 años sin trayectoria partidaria tradicional, obtuvo el 49,66 % de los votos (aproximadamente 12,96 millones) frente al 48,70 % de Iván Cepeda, senador aliado del presidente saliente Gustavo Petro y candidato del Pacto Histórico de izquierda (alrededor de 12,71 millones). La diferencia fue de unos 250.000 sufragios, menos de un punto porcentual, en una elección con participación récord cercana al 63,6 %. Cepeda reconoció los resultados preliminares tras auditorías, aunque sectores oficialistas cuestionaron aspectos del proceso.
De la Espriella se presenta como defensor de la “mano dura” contra la delincuencia y el narcotráfico, con un discurso conservador en valores, antiizquierdista explícito y orientado al crecimiento económico. Su estilo recuerda propuestas de Bukele en El Salvador o Milei en Argentina, con énfasis en orden y crítica a la “casta”. Rivales le atribuyeron vínculos con sectores paramilitares (acusaciones que él rechaza) y un tono incendiario en campaña. Petro, primer presidente de izquierda en la historia moderna de Colombia, enfrentó críticas por los resultados de su política de “paz total” y desafíos en seguridad, pese a avances en algunas reformas sociales. La transición está prevista para el 7 de agosto.
Una tendencia continental
Tanto en Perú como en Colombia los resultados fueron extremadamente ajustados y decididos por márgenes mínimos en contextos de alta polarización. En Perú, Fujimori lidera por unos 44.109 votos, una diferencia de alrededor del 0,24 % que ya se considera irreversible. En Colombia, la brecha fue de menos de un punto. En ambos países la inseguridad y el combate al crimen organizado figuraron como ejes centrales de la campaña, con votantes castigando percepciones de debilidad o resultados insuficientes en gobiernos previos o alternativos.
Diferencias notables radican en los perfiles y contextos. Fujimori representa una derecha conservadora con fuerte arraigo dinástico y un legado familiar controvertido (el gobierno de su padre Alberto Fujimori, marcado por autoritarismo y corrupción). De la Espriella encarna un outsider populista de derecha radical, sin herencia partidaria tradicional y con un estilo más disruptivo, alineado explícitamente con modelos de “mano dura” como el de Bukele. En Perú, la victoria virtual de Fujimori ocurre tras una década de inestabilidad institucional (seis presidentes en ocho años). En Colombia, marca un giro tras el primer mandato de izquierda de Petro, que buscó reformas estructurales pero enfrentó resistencia y críticas en materia de seguridad.
En ambos casos, el voto en el exterior o dinámicas territoriales influyeron (fuerte apoyo a Fujimori en la diáspora peruana; en Colombia, distribución urbana y regional). Los perdedores cuestionaron aspectos del conteo o procedimientos, aunque en Colombia hubo concesión más rápida. Internacionalmente, figuras como Donald Trump felicitaron a de la Espriella, mientras el escenario peruano atrae atención por su impacto regional.
Este paralelismo ilustra una tendencia más amplia: en varios países latinoamericanos, electorados priorizan respuestas concretas a la violencia y la inestabilidad por encima de agendas progresistas o de izquierda que, en algunos casos, mostraron desgaste. Sin embargo, los resultados estrechos evidencian sociedades profundamente divididas, donde la gobernabilidad dependerá de la capacidad de los nuevos mandatarios para construir mayorías y abordar problemas estructurales como el narcotráfico, la economía y las instituciones.

