La UNT bajo el yugo del peor populismo: la academia naturaliza las peores prácticas de la política

En pocos días, si la Justicia Federal mantiene su falta de compromiso, en la UNT se perpetrará el más grave atentado a la institucionalidad de la más importante universidad de todo el Norte Argentino, lo que provocará una mancha inédita en la excelencia educativa.

Por Germán García Hamilton*

La Universidad Nacional de Tucumán, otrora faro intelectual del Norte argentino, ha sido capturada por la variante más destructiva del populismo: aquella que se disfraza de “voluntad mayoritaria” para perpetuar el poder, pisotea las normas que ella misma sancionó y transforma la institución en un feudo personal. Once de los trece decanos se alinearon esta semana para avalar la candidatura de Sergio Pagani y Mercedes Leal a un tercer mandato ilegal. No se trata de un mero desacuerdo administrativo. Es la dictadura de la mayoría en su expresión más grosera, idéntica a la que ejerce Gildo Insfrán en Formosa desde hace más de tres décadas o Nicolás Maduro en Venezuela, donde la alternancia democrática es un recuerdo lejano y el control se enmascara bajo la retórica de la “voluntad popular”.

Raúl Alfonsín lo advirtió con claridad meridiana. El padre de la democracia moderna argentina repetía que el populismo no es un exceso de popularidad, sino un método que desvirtúa, desfundamenta y, finalmente, destruye la democracia. “El populismo tiene por designio acabar con la democracia”, sostenía, porque promete lo imposible, rechaza el diálogo racional y deposita en un puñado de “iluminados” la representación exclusiva de los intereses nacionales. Alertaba contra el mesianismo facilista y los pequeños grupos que se erigen en salvadores y exigen obediencia sin chistar. Hoy, en la UNT, ese mesianismo tiene nombre propio: el saabismo, esa maquinaria que administra el poder en las sombras desde hace más de cuarenta años, primero como operador y ahora como artífice de una reelección expresamente prohibida por el Estatuto Universitario.

Lo más grave no es solo la violación flagrante del artículo 19 del Estatuto, que permite una sola reelección o sucesión recíproca. Lo peor radica en lo que esa violación desnuda: la excelencia académica, el debate plural de ideas y el respeto a la diversidad de pensamiento han sido subordinados sin rubor a la voluntad de un reducido grupo empecinado en preservar sus bolsones de poder. Los cargos, las lealtades políticas y los recursos se distribuyen como botín de guerra. La meritocracia queda relegada. La universidad que formó a figuras de proyección mundial ya no prioriza la generación de conocimiento para resolver los problemas de Tucumán y el NOA. Prioriza, en cambio, la supervivencia de un esquema que teme perder el control si se abre paso la alternancia genuina.

Así como Insfrán convirtió Formosa en un coto cerrado o Maduro redujo Venezuela a un erial institucional, el bloque mayoritario de la UNT está transformando la principal usina de desarrollo del Norte en un territorio capturado. Más de 75.000 estudiantes, miles de docentes e investigadores y el futuro productivo de toda la región quedan rehenes de una lógica clientelar que antepone la permanencia en el cargo a la calidad educativa, la innovación y la transparencia. La “dictadura de la mayoría” no solo viola el Estatuto; destruye la credibilidad de la casa de estudios y envía un mensaje tóxico: las reglas valen solo cuando benefician al que manda.

La triste posición de los Decanos contra la institucionalidad, sólo para mantener el poder.
La aberrante posición de los Decanos contra la institucionalidad, difundida y celebrada por La Gaceta. 

Los once decanos que se plegaron a la voluntad del rector no son meros testigos pasivos: son cómplices activos de este atropello institucional. Al prestar su aval político a una candidatura que contradice el ordenamiento estatutario que ellos mismos contribuyeron a reformar, traicionaron su rol de garantes de la autonomía universitaria y del pluralismo académico. Su conducta revela una subordinación indigna ante el poder de turno, priorizando la preservación de cuotas de influencia por encima del bien superior de la institución y de las futuras generaciones. En la historia universitaria, serán recordados no como defensores de la excelencia, sino como facilitadores de su degradación. Estos son: Susana Monserrat (Agronomía y Zootecnia), Juan Bautista Ramazzotti (Arquitectura y Urbanismo), Silvia Agüero (Artes), María Inés Gómez (Bioquímica, Química y Farmacia), Jorge Rospide (Ciencias Económicas), Cristina Grunauer de Falú (Derecho y Ciencias Sociales), Raúl Lischinsky (Educación Física), Sergio Robin (Filosofía y Letras), Demetrio Mateo Martínez (Medicina), María Luisa de la Casa (Odontología) y Silvia López de Martin (Psicología).

Raúl Alfonsín nos dejó otra lección innegociable: “Nada encontrarán fuera de la democracia sino el horror”. En la UNT, ese horror adopta la forma de impunidad institucional. Si la Cámara Federal no actúa con la urgencia que el caso exige y permite que se consolide este atropello, la universidad más estratégica del Norte argentino habrá ingresado en una decadencia de la que le costará décadas recuperarse. Tucumán y todo su territorio de influencia —Santiago del Estero, Salta, Jujuy, Catamarca— merecen algo mejor que una academia convertida en mera prolongación de un feudo político.

Es hora de que la sociedad tucumana y la comunidad universitaria digan basta. La verdadera democracia no se construye con mayorías circunstanciales que se eternizan. Se construye con instituciones respetadas, alternancia real y la convicción profunda de que nadie es indispensable.

En definitiva, la UNT, que debía ser el bastión de la resistencia a las más aberrantes prácticas de sumisión que enviciaron a los sucesivos gobiernos provinciales, se ha transformado ahora en el peor de los ejemplos posibles. Si entre profesionales, entre docentes académicos o intelectuales se admite y naturaliza esta práctica, qué debemos esperar del profundo interior tucumano, con altos índices de analfabetismo funcional, o de los barrios más pobres de la provincia.

(*El autor es Editor General de ElFederalista.com)

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