Más allá de la Justicia, la erosión de Saab no tiene marcha atrás y su poder se disuelve

Los traspiés del histórico operador universitario han provocado que su propia tropa haya comenzado a soltarle la mano. Si no es Pagani, no hay otro títere posible.

Lo que circula en estos días en el entorno del oficialismo universitario trasciende la expectativa de un eventual “guiño” de la Justicia. Revela, con crudeza, que la estructura de poder construida durante más de cuatro décadas por José Hugo Saab atraviesa un proceso de erosión interna que ya no admite marcha atrás, según informaron altas fuentes de la UNT en diálogo con El Federalista.

Fuentes del propio espacio oficialista reconocen que, incluso en el caso de que la Cámara Federal o el juez de primera instancia otorguen algún margen para recomponer una candidatura, persiste un problema de fondo que la maniobra judicial no podrá resolver: la fractura de la lealtad y la aparición de ambiciones que ya no se subordinan al viejo esquema.

El dato más elocuente es el de Mercedes Leal. Quien hasta hace pocas semanas figuraba como la compañera de fórmula natural de Sergio Pagani —o de quien el oficialismo designara en su reemplazo— ahora aspira abiertamente a la rectoría. Esa aspiración no es un detalle menor. Genera un “entuerto” con Saab, quien percibe que una Leal en el rectorado podría desplazar su influencia histórica y convertirlo en una figura subordinada. El temor explícito que se menciona en esas conversaciones —que Leal “lo haga pingo” (sic)— ilustra hasta qué punto la vieja disciplina interna se ha resquebrajado.

A esa tensión se suma la postura de la decana de Derecho, Cristina Grunauer de Falú. Lejos de permanecer alineada sin fisuras, ha comenzado a “poner los puntos” al propio Saab, marcando límites que antes no se cuestionaban. La posibilidad de que una figura como ella aspire a la rectoría choca, además, con la negativa de otros sectores del oficialismo a concederle ese espacio. El resultado es un bloqueo interno: no hay consenso sobre quién puede encabezar una eventual nueva fórmula y, sobre todo, ya no hay una estructura de decanos leales dispuesta a sostenerla. La mayoría de los decanos electos son nuevos y no responden al viejo entramado de lealtades que Saab controlaba desde la Secretaría General.

Este cuadro se produce en un momento en que la Cámara Federal mantiene activa la cautelar que impide la candidatura de Pagani y ha emplazado a la UNT a justificar la postergación de la Asamblea Universitaria. La denuncia penal por desobediencia judicial contra los miembros de la Junta Electoral sigue su curso. Y, mientras tanto, la oposición de Miguel Ángel Cabrera y Virginia Abdala insiste en su derecho a ser proclamados como única fórmula habilitada.

En ese contexto, la posibilidad de que el oficialismo deba solicitar la prolongación del mandato de Pagani —si para el miércoles próximo no logra definir una salida— no es solo un problema de plazos. Es la confirmación de que la maquinaria que durante décadas garantizó la continuidad del poder ya no funciona con la precisión de antes. Las piezas se han desajustado: ambiciones personales, fracturas de lealtad y una generación de decanos que ya no responde al viejo centro de gravedad.

La Justicia puede, eventualmente, conceder márgenes procesales o interpretar de un modo u otro el alcance de la cautelar. Pero nada de eso restaurará la cohesión perdida ni reconstruirá la cadena de obediencia que Saab supo mantener durante tanto tiempo. La erosión que hoy se advierte en las conversaciones internas del oficialismo no es un efecto secundario de la intervención judicial. Es la prueba de que el poder, en la UNT, ya no se ejerce del mismo modo ni con los mismos actores de siempre. Y esa transformación, una vez iniciada, difícilmente pueda revertirse.

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