Crónica de la alianza La Gaceta-Cisneros y las consecuencias para Tucumán

De la quema de una edición completa a una sólida alianza cimentada en millonaria pauta publicitaria. Breve historia de la debacle económica y moral de uno de los diarios más importantes del interior argentino.

Por Germán García Hamilton*

Tucumán ha iniciado una nueva etapa en el periodismo. El caso Vélez fue determinante para ello. Por primera vez en mucho tiempo la opinión pública pudo analizar pruebas contundentes que esta vez sí fueron publicadas, en lugar de aceptar decisiones judiciales previamente diseñadas desde la ideología de género radical, que ya se había convertido en la corriente dominante de pensamiento (mainstream), pese a la conveniente marginalidad que aseguraba sufrir.

Esta causa en la que terminó investigado e imputado el diputado nacional Carlos Cisneros por presunta trata de personas, nació como una supuesta violación en manada apoyada por los medios más importantes del país, como Todo Noticias, y que en Tucumán tiene una pata fundamental: La Gaceta. Esta relación entre Cisneros y el diario más antiguo de la provincia ha sido la que propició la desarticulación definitiva del único contrapeso que podía limitar los abusos que se realizó a través de las instituciones del Estado en contra de la sociedad de Tucumán durante los últimos 30 años.

Una de las más de 10 notas de El Tucumano sobre la Causa Vélez, donde se aportaron las pruebas de la «cama» a los jugadores.

Dos entrevistas reveladoras

En público ninguno de los dos expone su relación con el otro ni tampoco elogia. Todo lo contrario: hablan casi como rivales. Pero ambos dejaron en evidencia que la alianza existe. Mientras La Gaceta necesita los fondos publicitarios que desde hace más de 20 años le aportaron La Caja Popular y La Bancaria —debido a su imposibilidad de modernizarse—, Cisneros necesitó y necesita blindar su imagen para continuar al frente del manejo de las distintas cajas que maneja directa o indirectamente.

Dos entrevistas dejaron en evidencia esta sociedad que, sin embargo, intentó ocultarse siempre ante la opinión pública tucumana. Primero, Cisneros admitió su apoyo a la quema de una edición completa de papel del centenario diario, pero la justificó en su supuesta condición de “defensor de los trabajadores” frente a las pretensiones de los millonarios accionistas de ganar unos pesos más a costa de los ingresos de los canillitas. El bancario se encargó de despotricar contra la dirección del diario durante la administración de José Alperovich. Sin embargo, aquellos a quienes atacó sin nombrar son los mismos con los que se alió cuando recuperó el estratégico control de la Caja Popular de Ahorros, tras la llegada de Juan Manzur en reemplazo del ahora condenado por abuso sexual.

En la entrevista, Cisneros reivindicó sin rodeos su posición durante el episodio de la quema de La Gaceta en mayo de 2000. Dijo textualmente: “Yo estaba con los trabajadores. Yo estaba con los trabajadores, pero no era el único involucrado apoyando a los canillitas”. Agregó que “apoyaba a los canillitas” porque consideraba injusta la situación y que “los canillitas confiaban tanto en mí que cuando se firmó el acuerdo para mantener el statu quo, la paz social con los trabajadores y todo lo demás, los canillitas me delegaron la responsabilidad a mí, al administrador del diario en ese momento, al doctor (José Ricardo) Falú y al ex gobernador Julio Miranda”. Curiosamente fue Falú quien admitió que la quema del diario había sido pergeñada por Cisneros.

La publicación de La Nación en 2000 con las declaraciones de Falú.

Las críticas contra el diario siguieron: criticó duramente la subordinación de La Gaceta durante la gobernación de José Alperovich: “nadie publicaba una nota porque Alperovich ejercía presión, que a las 3 de la mañana llamaba a quien estuviera a cargo del diario La Gaceta y le decía ‘cambiá el título, hijo de p…’. Y se hacía. ¿Sabés por qué? Porque usaba su poder económico y su brutalidad”.

Después, el Secretario de Redacción de La Gaceta, Federico Van Mameren, en una inédita entrevista en la que se permitió hablar sobre cómo —supuestamente— funciona el esquema de poder del diario, admitió el ataque del sindicalista pero justificó con excusas la inacción del medio.

Van Mameren reconoció que “el déficit que tenemos hoy en La Gaceta es que no estamos investigando muchas cosas en profundidad”, atribuyéndolo a “una renovación estructural dentro del diario que hace que no tengamos un departamento específico de investigación ni gente que tenga el tiempo para investigar”. Investigar, dijo, “significa dedicarle mucho tiempo, mucho esfuerzo, mucho dinero, posiblemente tres artículos por año”. Pero si La Gaceta, el mayor destinatario de la publicidad oficial, no puede investigar, ¿cómo pueden hacerlo medios de menores recursos?

Sobre la cobertura de los casos que involucran a Cisneros —particularmente la causa Vélez, allanamientos por presunta asociación ilícita y otros escándalos vinculados al juego y la Caja Popular—, Van Mameren justificó una cobertura limitada. Afirmó que “hemos publicado todo lo que se ha hecho” y que “en el caso hemos planteado muchas cosas turbias”, pero admitió nuevamente la falta de investigación en profundidad. Sobre cómo manejar temas sensibles, dio como ejemplo: “Hasta que no haya una sentencia, no la vamos a meter en este quilombo”. Esta aseveración es una falacia de punta a punta. Si así fuera la política editorial de La Gaceta entonces no podría publicar ninguno de los casos policiales que sigue día a día, todos sin sentencia.

Respecto a la quema de la edición de La Gaceta en 2000, Van Mameren reconoció que “fue un acto muy feo […] para la democracia tucumana” y que “hubo un gobierno que miró para otro lado”, pero evitó atribuir responsabilidad directa a Cisneros: “si esto fue específicamente […] Cisneros […] no tengo forma de decirte eso”. Minimiza así un ataque histórico a la libertad de prensa y contextualiza el episodio como un conflicto sindical del pasado, evitando cualquier confrontación que pudiera complicar las actuales relaciones con la Caja Popular y La Bancaria. Esta posición de Van Mameren es en verdad preocupante, ya que es una implícita admisión de que el más poderoso diario de la provincia evitará la confrontación aunque ello implique hacer silencio ante las injusticias y los ataques a la libertad de expresión.

Las etapas de la debacle de La Gaceta

La quema de ejemplares de La Gaceta durante la crisis del gobernador Julio Miranda marcó un punto de inflexión. El episodio no destruyó al diario: lo disciplinó. A partir de ese momento comenzó un proceso de subordinación al poder político que explica el actual descrédito del medio, particularmente cuando las publicaciones involucran a dirigentes que figuran entre sus principales aportantes.

De aquella crisis, La Gaceta emergió como artífice de un recambio: propició la llegada al poder de José Alperovich, hasta entonces ministro de Economía del vapuleado gobernador peronista. Esa operación inauguró lo que sería una dependencia estructural de la publicidad oficial que, desde el año 2000, no se ha revertido.

La pieza central de esa relación fue Van Mameren. En el mundo político y periodístico tucumano siempre fue un secreto a voces que Van Mameren operó como enlace entre el CEO del diario, José Pochat, y Alperovich —hoy condenado por abuso sexual de su sobrina—. El rol no era menor: Van Mameren garantizaba la traducción de los intereses del poder político en decisiones editoriales.

El mecanismo era directo. A mayor publicidad oficial, mayor alineación automática. No importaba la irregularidad de las acciones del mandatario: la re-reelección, los desvíos de fondos o los sobreprecios en obra pública. El blindaje estaba asegurado, por silencio o por apoyo explícito, siempre bajo el eufemismo del “beneficio para la provincia”.

Fue esta cobertura mediática la que posibilitó a Alperovich manotear fondos de la Caja Popular de Ahorros en 2003 para financiar el déficit fiscal. La operación requirió el desplazamiento de Eduardo El Eter y la llegada de Armando “Cacho” Cortalezzi, un operador de probada lealtad al gobernador, con la misión específica de contener a Carlos Cisneros. Sin el respaldo de La Gaceta —el único actor institucional con capacidad de limitar al mandatario— ese movimiento no habría sido viable.

La alianza Alperovich-La Gaceta, que el propio Cisneros denunció públicamente y de la que existen abundantes pruebas y admisiones, se sostuvo hasta el final de aquella administración. Después llegó Juan Manzur con un menemismo conciliador que transó con todos los sectores. Ese cambio de época propició el regreso de Cisneros a la primera línea del justicialismo tucumano: recuperó el control de la Caja Popular y sus multimillonarios fondos.

Así, pese a su visceral enfrentamiento con Alperovich, Cisneros terminó ocupando el mismo lugar funcional: financista de la adicción de La Gaceta a la pauta oficial. Esa posición le garantizó un accionar irrestricto en múltiples planos: en la política partidaria, a través de su cuñado Hugo Ledesma y la intendenta Rossana Chahla; en el control mediático, con una red que incluye a Entérate Noticias, CCC Cable y el propio blindaje de La Gaceta; y en operaciones inmobiliarias de origen cuestionado, como el complejo turístico desarrollado por sus hijas en Tafí del Valle.

Las consecuencias

Es necesario admitir que La Gaceta, uno de los medios más poderosos del interior del país y con una de las historias más ricas en su relación con la sociedad a la que representa e informa, ha sufrido una inédita erosión de credibilidad, sin precedentes en sus 114 años de vida.

La historia de La Gaceta antes de la debacle. (link en el texto).

Esa erosión no proviene de presiones externas aisladas, sino de una alianza pragmática disfrazada de “Guerra Fría”: críticas y ataques públicos que sirven de cortina de humo mientras fluyen la publicidad oficial y el blindaje mutuo. Desde 2000, después de la prueba de fuerza que realizó Cisneros con la negociación para supuestamente defender los intereses de los canillitas, La Gaceta inició un camino de sumisión a la pauta oficial. Traicionó a cada anunciante mediano o pequeño, a cada lector, evitó una modernización que sabía inexorable y se convirtió en un elefante ineficiente al servicio de quienes manejan el dinero público.

Tanto los propietarios y empleados que arriesgaron todo en momentos de persecución y censura, como los ciudadanos tucumanos que gastaron hasta sus últimos centavos para comprar el diario y sostenerlo como un bien público, fueron las grandes víctimas de esta decisión. Al confesar la ausencia de investigación profunda y justificar coberturas tibias con excusas estructurales o de “equilibrio”, Van Mameren actúa más como gestor de relaciones comerciales que como guardián de la independencia periodística.

Cuando nos preguntamos por qué Tucumán ha caído en semejante crisis moral, política y económica, no debemos dejar al diario afuera de estas responsabilidades. Esta debacle no hubiera sido posible sin el cómplice silencio de quienes creyeron sentirse una privilegiada élite que podía ser espectadora del empobrecimiento de sus comprovincianos sin sufrir los coletazos.

Por todo esto, cada vez que se cae un puente o se inunda La Madrid porque “desaparecieron” fondos para prevención, cuando nadie habla de los miles de millones de pesos que debe el juego al sistema de Salud provincial, cuando la Justicia archiva un multimillonario reparto de fondos en efectivo a través de ventanillas en coincidencia con las elecciones, cuando persiste el silencio sobre el obsceno gasto de cada uno de nuestros legisladores (sin importar su afiliación política), o cuando un adicto —que pudo haber sido salvado si el Estado hubiera destinado los fondos a su recuperación— asesina por un celular, no es sólo la clase política la responsable. La prensa, y más aquella que recibe dinero aportado por todos los tucumanos, tiene el deber de denunciar. En eso La Gaceta falló por la simple razón de que traicionó más de 100 años de tradición periodística comprometida con la sociedad tucumana.

(*) El autor es Editor General de El Federalista.

(Nota del editor: a continuación se pueden ver los videos completos de las dos entrevistas, a Carlos Cisneros y Federico Van Mameren, como también el video de un editorial del secretario de Redacción de La Gaceta en el que admite su cercana relación con José Alperovich, incluso antes de su llegada a la gobernación. Por último, un video de seguridad en la Caja Popular en el cual Hugo Ledesma comanda un ataque patotero organizado contra empleados de la entidad financiera. Este última filmación sirve para ilustrar las prácticas de La Bancaria).

La entrevista a Carlos Cisneros en el portal TDN.

La entrevista a Federico Van Mameren por Carlo Cazón.

El video editorial de Federico Van Mameren en el cual admite su cercanía con Alperovich antes de asumir, una relación que continuaría durante toda la administración del ahora condenado por violación de su sobrina.

Este es el video que muestra con claridad las estrategias del cisnerismo contra los disidentes en la Caja Popular.

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