La escena que se desplegó en Caracas en las últimas horas marca un quiebre histórico para Venezuela y para toda la región. La llegada de fuerzas de Estados Unidos, el colapso del dispositivo de seguridad del régimen y la detención de Nicolás Maduro abrieron un vacío de poder que, lejos de resolverse de inmediato, expone las tensiones internas del chavismo, el rol decisivo de las Fuerzas Armadas y la fragilidad institucional de un Estado capturado durante más de dos décadas.
Más allá del impacto simbólico —la imagen de un líder que gobernó con puño de hierro y retórica antiimperialista reducido a un detenido—, el interrogante central no es qué ocurrió, sino qué ocurre ahora. Porque en Venezuela, la caída del jefe no implica necesariamente la caída del sistema.
El operativo y el derrumbe del mando político
La operación fue presentada como quirúrgica y relámpago. Un despliegue coordinado, con apoyo de inteligencia y acciones puntuales en áreas estratégicas, neutralizó la custodia presidencial y dejó al descubierto un dato clave: el régimen estaba más aislado y debilitado de lo que admitía públicamente. No hubo resistencia masiva ni respuesta militar inmediata. El aparato de propaganda quedó mudo durante horas.
Ese silencio inicial reveló algo más profundo: el chavismo es hoy un entramado de lealtades forzadas, intereses económicos y miedo, más que un bloque ideológico cohesionado. Sin Maduro, ese entramado cruje.
La sucesión formal: lo que dice la Constitución
En el plano estrictamente legal, la Constitución venezolana establece que, ante la falta absoluta del presidente, el poder ejecutivo debe quedar en manos de la vicepresidencia. En ese esquema, la figura llamada a asumir es Delcy Rodríguez, una de las dirigentes más duras y leales del madurismo.
Pero la legalidad venezolana hace tiempo dejó de ser sinónimo de legitimidad. La pregunta no es solo quién debería gobernar, sino quién puede efectivamente hacerlo.
El verdadero árbitro: las Fuerzas Armadas
En Venezuela, el poder real no se decide en los textos constitucionales sino en los cuarteles. El alto mando militar —beneficiario directo del sistema, del control de empresas, del comercio y de negocios opacos— enfrenta ahora un dilema central:
- Sostener la continuidad del régimen sin Maduro, con Delcy Rodríguez como figura formal.
- Negociar una transición controlada, preservando privilegios y evitando represalias.
- O fragmentarse, dando lugar a una crisis interna de consecuencias imprevisibles.
Hasta ahora, no se ha visto un pronunciamiento unificado y eso, en sí mismo, es una señal de debilidad.
¿Gobierno, transición o vacío?
El escenario más probable en el corto plazo es un gobierno de continuidad administrativa, sin Maduro pero con las mismas caras, intentando sostener el control mientras se redefine el tablero internacional. Sin embargo, esa opción choca con varios límites:
- Presión externa, especialmente de Estados Unidos y aliados regionales, para avanzar hacia una transición.
- Colapso económico persistente, que reduce la capacidad de contención social.
- Una sociedad exhausta, empobrecida y sin miedo a perder lo que ya no tiene.
La oposición, por su parte, enfrenta su propio problema: años de fragmentación, persecución y descrédito la dejaron sin una conducción clara capaz de capitalizar el momento histórico.
Un país en pausa, no en orden
Venezuela no está hoy ante un nuevo gobierno, sino ante una pausa tensa. Un momento en el que todo puede cambiar… o enquistarse aún más. La detención de Maduro no resuelve automáticamente el drama venezolano: solo lo deja al desnudo.
El interrogante sigue abierto.
No es solo quién gobierna ahora Venezuela, sino si por primera vez en años alguien gobernará sin miedo, sin relato y sin un enemigo externo como excusa.

