Las elecciones legislativas del 27 de octubre en Israel, las primeras desde el ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023, dejaron un panorama de empate técnico y de difícil resolución: ni el bloque encabezado por el primer ministro Benjamin Netanyahu ni el que lidera su principal rival, el exjefe del Estado Mayor Gadi Eisenkot, alcanzan los 61 escaños necesarios para formar gobierno en la Knesset de 120 miembros. Con los votos regulares completamente escrutados —alrededor del 86 por ciento del total, restando los sobres dobles de soldados y otros votantes especiales—, el bloque de Netanyahu se sitúa en 53 escaños, el de Eisenkot en 48 y los partidos árabes en un récord de 19, según los cálculos de los principales medios israelíes a partir de los datos del Comité Electoral Central.
El Likud de Netanyahu emerge como el partido individual más votado, con 26 escaños, por encima de los 21 de Yashar, la formación centrista que encabeza Eisenkot. La participación superó el 77 por ciento, la más alta en más de dos décadas y unos siete puntos por encima de la de 2022, en un escrutinio que muchos interpretaron como un referéndum sobre la gestión de Netanyahu tras las guerras en Gaza, Líbano e Irán. El primer ministro, que permanece en funciones como jefe de un gobierno interino sin plenos poderes, reclamó una mayoría «clara y decisiva» entre el electorado sionista y judío y pidió formar un gobierno nacional fuerte de derecha. Eisenkot, en cambio, afirmó que el pueblo había votado por el cambio y contra la continuidad de Netanyahu, y se comprometió a trabajar con rapidez por un gobierno sionista estable.
Los partidos que representan a los ciudadanos árabes de Israel —la Lista Conjunta y Ra’am, liderada por Mansour Abbas— obtuvieron su mejor resultado histórico, lo que los convierte en potenciales árbitros de la formación de gobierno. Durante la campaña, tanto Netanyahu como buena parte de la oposición sionista se comprometieron a no aliarse con ellos, un tabú que ahora enfrenta la aritmética parlamentaria: el bloque de Eisenkot más los árabes superaría los 61, pero las declaraciones previas de líderes como Avigdor Lieberman y el propio Eisenkot complican ese camino. Netanyahu, por su parte, enfrenta un juicio por corrupción que niega, y su permanencia como primer ministro en funciones durante las negociaciones le otorga una ventaja táctica, tal como ocurrió en procesos anteriores que se prolongaron semanas o meses.
El proceso formal comienza cuando el presidente Isaac Herzog, de rol ceremonial, encomienda a un candidato la tarea de formar gobierno. Si en seis semanas no se logra, puede encargársela a otro; de fracasar, se convocan nuevas elecciones. Los votos de los sobres dobles, que incluyen a los soldados y que suelen inclinarse hacia la derecha, podrían alterar uno o dos escaños en los próximos días, pero el cuadro general de empate se mantiene. El Federalista había anticipado el perfil de Eisenkot días antes de la votación, en una nota que repasaba su trayectoria militar y su posicionamiento como principal desafiante a Netanyahu.
La división social que atraviesa Israel desde la reforma judicial, el 7 de octubre y las guerras posteriores se refleja en estos números: el bloque de Netanyahu perdió la mayoría estrecha que tenía, pero sus rivales no lograron consolidar la ventaja que pronosticaban las encuestas previas. Tanto Netanyahu como Eisenkot se comprometieron a formar gobierno, aunque el camino hacia el poder para ambos parece largo y condicionado por alianzas menores o por la eventual ruptura de compromisos de campaña. Si no se resuelve, el país podría volver a las urnas en 2027, con Netanyahu todavía al frente del Ejecutivo interino.

