La decisión de la Cámara Federal implica un histórico freno a esa peligrosa costumbre de perpetuación que ejercen las mayorías coyunturales en contraposición al republicanismo. Pero, también, implica una fuerte reprimenda a todos los aduladores de quienes ostentan el poder, en este caso los 11 decanos que apoyaron una re-reelección a todas luces contraria a la institucionalidad que debería ser prioridad en la ilustre Universidad Nacional de Tucumán.
Por mayoría de sus vocales, la Cámara Federal de Apelaciones de Tucumán revocó la sentencia de primera instancia y dictó una medida cautelar que suspende de inmediato la oficialización de candidaturas rectorales que vulneren el artículo 17 del Estatuto Universitario. Con claridad meridiana, los magistrados recordaron que la alternancia en el poder no es un capricho normativo: es un pilar del sistema republicano que rige también la vida universitaria. La reelección indefinida, advirtieron, amenaza la renovación de autoridades y la igualdad de condiciones en la contienda democrática.
Es una lección de altura institucional. La Justicia federal no invadió la autonomía de la UNT; la protegió de sí misma al exigir el cumplimiento de sus propias reglas. En un país acostumbrado a que las mayorías circunstanciales reescriban las normas a su conveniencia, este fallo restablece un principio elemental: las instituciones no existen para perpetuar a quienes las controlan, sino para limitarlos.
La reprimenda, sin embargo, es aún más elocuente. Once decanos de la UNT decidieron acompañar públicamente al rector Sergio José Pagani en su inscripción para un tercer mandato consecutivo. Lo hicieron a pesar de la letra expresa del Estatuto, a pesar de la advertencia previa de que esa postulación violaba la limitación a una sola reelección, y a pesar de que la propia historia reciente de la universidad había rechazado el “reseteo” de mandatos.
Esa obsecuencia no es mera lealtad personal. Es una forma degradada de ejercicio del poder que sustituye el mérito y la defensa de la institución por el servilismo al ocupante del cargo. Como bien señaló el editorial de «La Nación» en un análisis que trasciende este caso, la adulación se convierte en narcótico que aísla al líder de la realidad y corrompe desde adentro las administraciones. Los decanos que ayer avalaron lo indefendible no defendían a la UNT: defendían su propio lugar en el esquema de poder.
En los pasillos universitarios se repite desde hace décadas el nombre de José Hugo Saab como el verdadero operador de esa continuidad en las sombras. Pero el fallo de la Cámara Federal no solo frena una candidatura: expone la cultura de la perpetuación que la permitió. Los 11 decanos que firmaron ese apoyo ahora enfrentan, más allá de cualquier resultado electoral, el juicio de la historia universitaria.
La UNT tiene hoy la oportunidad de aprender la lección. La Justicia ha cumplido su rol. Resta que la comunidad académica —estudiantes, docentes, investigadores— exija que la institucionalidad prime sobre cualquier lealtad personal. Porque la república no admite excepciones, ni siquiera en las universidades. Y porque la obsecuencia, por más disfrazada de pragmatismo que se presente, siempre termina siendo enemiga de la excelencia y la libertad académica.

