El grupo agroindustrial Ledesma, uno de los gigantes históricos del norte argentino, atraviesa un semestre crítico: cerró los primeros seis meses de su ejercicio fiscal con una pérdida neta cercana a los $25.000 millones, un golpe fuerte para una compañía acostumbrada a jugar en la primera línea del negocio azucarero, papelero y agroindustrial.
El contraste es todavía más marcado si se lo compara con el mismo período del año anterior, cuando la empresa había mostrado una ganancia de casi $6.000 millones. La diferencia no fue un simple traspié: la compañía quedó atrapada en un escenario financiero asfixiante, donde el costo del dinero y la volatilidad cambiaria terminaron empujando el balance a terreno negativo.
De acuerdo al detalle del informe semestral, el principal factor que explica el resultado fue el salto de los costos financieros, en un contexto de tasas de interés extremadamente elevadas y depreciación del peso. Ese combo disparó el resultado financiero a una pérdida superior a los $37.000 millones, más de diez veces por encima de lo registrado un año antes. Es decir: más allá de lo que haya pasado en la operación diaria, el peso del endeudamiento y el impacto macroeconómico se volvieron determinantes.
A eso se sumó una caída de ingresos del 12% y un retroceso del desempeño operativo, incluso pese a los esfuerzos por ajustar y ganar eficiencia en áreas administrativas y comerciales. El semestre terminó dejando una señal clara: el modelo de negocios de Ledesma no solo sintió la baja de actividad y el encarecimiento del financiamiento, sino que además quedó expuesto a una competencia externa cada vez más agresiva.
Uno de los puntos más llamativos fue lo ocurrido en el mercado de papel. Aunque el derrumbe de Celulosa abrió un vacío importante en el sector, Ledesma no logró capitalizar esa oportunidad como podría haberse esperado. El motivo fue concreto: el ingreso de papel importado presionó sobre el mercado interno y afectó los volúmenes vendidos, impidiendo que la compañía transformara la crisis de su competidor en una ventaja comercial.
En ese escenario de pérdidas, números en rojo y dificultades para aprovechar oportunidades, apareció un dato que suma lectura política y empresarial en el norte argentino: Santiago Blaquier, integrante de la familia históricamente ligada a Ledesma, concretó su desembarco en Tucumán con la compra del Ingenio Concepción, uno de los complejos sucroalcoholeros más importantes del país.
La operación, valuada en torno a u$s 100 millones, se realizó a título personal y por fuera de la estructura corporativa de Ledesma, lo que marca un movimiento diferenciado del rumbo que viene mostrando la empresa en su balance. El Ingenio Concepción, ubicado en Banda del Río Salí, cuenta con alrededor de 1.200 trabajadores y tiene un peso clave en la industria provincial: en la última zafra aportó aproximadamente el 14,4% de la molienda tucumana, con más de 2,7 millones de toneladas de caña procesadas.
La coincidencia temporal no pasa desapercibida. Mientras Ledesma enfrenta el impacto de la macroeconomía y el deterioro financiero en su estructura consolidada, el desembarco de Blaquier en Tucumán aparece como una apuesta fuerte por el corazón productivo azucarero del país. En una provincia donde la industria de la caña define empleo, actividad y política económica, el cambio de manos del Ingenio Concepción no es solo una operación empresarial: es un movimiento que reconfigura poder y expectativas en un sector estratégico.
