En una época donde los honores y las recompensas materiales suelen desvelar a los hombres, la historia de nuestra provincia resguarda un gesto de desprendimiento absoluto que pinta de cuerpo entero a su sabio más ilustre. El naturalista Miguel Lillo, fiel a su legendaria austeridad, protagonizó un hecho inédito al rechazar un millonario galardón nacional. Sin embargo, la astucia de sus grandes amigos, Juan B. Terán y Ernesto Padilla, logró torcer el destino de esos fondos en favor de la ciencia.
Un rechazo con firma de sabio
El reconocimiento en cuestión fue el prestigioso Premio «Francisco P. Moreno», otorgado por la Sociedad Científica Argentina en mérito a sus invaluables aportes a la botánica y las ciencias naturales. El galardón incluía una medalla de oro y una importante suma de dinero en efectivo, una verdadera fortuna para los parámetros de la época.
La respuesta de Lillo conmovió al ámbito académico de la Capital: devolvió el dinero de inmediato. Con la sobriedad que lo caracterizaba, el botánico tucumano argumentó que sus desvelos diarios en el laboratorio y el monte no perseguían un fin de lucro ni buscaban el aplauso público. Trabajaba, simplemente, por el puro amor al conocimiento.
El plan de Terán y Padilla
La inflexible postura del naturalista puso en un aprieto a las autoridades, pero despertó la rápida inventiva de dos de sus más cercanos confidentes y pilares de la cultura norteña: el Dr. Juan B. Terán —rector fundador de la Universidad Nacional de Tucumán— y el político y mecenas Ernesto Padilla.
Ambos sabían que insistirle a Lillo para que guardase los billetes en su bolsillo era una batalla perdida. Conocían su desdén por los lujos materiales. Por ello, idearon una estrategia brillante que el sabio no tendría argumentos para rechazar: convertir el metal en papel impreso.
Libros en lugar de billetes
Terán y Padilla propusieron formalmente que el equivalente monetario del premio no se perdiera, sino que se destinara íntegramente a la compra de libros científicos raros, revistas académicas europeas y tratados de historia natural que eran imposibles de conseguir en el país.
Ante esta contraoferta, el muro de Lillo cedió. No era dinero para él; era combustible para la ciencia tucumana. El sabio aceptó gustoso el cargamento de textos que pasó a engrosar su ya mítica biblioteca personal, aquella que años más tarde donaría al revés de su muerte para dar vida al Instituto que hoy lleva su nombre.
La anécdota, rescatada del archivo histórico, no solo agiganta la figura ética de Miguel Lillo, sino que demuestra el valor de la amistad intelectual de aquellos hombres que sentaron las bases culturales de la provincia.
Esta historia fue narrada en el interesante perfil Bioteil, de un joven tucumano para difusión de la Biología:
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