Cientos de miles de franceses salieron a la calle este sábado 17 de octubre en una movilización que reunió a estudiantes de liceos y universidades, agricultores, sindicalistas y una nueva generación de chalecos amarillos, siete años después de la revuelta de 2018, en reclamo por el costo de vida, el deterioro de los servicios públicos y el rechazo al proyecto de presupuesto para 2027, en un contexto de austeridad que el gobierno de Sébastien Lecornu intenta imponer con un ajuste de unos 54.000 millones de euros y una meta de déficit del 5 por ciento.
El Ministerio del Interior estimó la participación en unos 550.000 manifestantes en todo el país, de los cuales unos 110.000 en París, mientras la CGT y otras organizaciones reivindicaron cerca de 800.000 personas en más de 1.700 concentraciones y desfiles, cifras que superaron ampliamente las expectativas oficiales de entre 60.000 y 110.000, en una convocatoria nacida en septiembre en redes sociales por el movimiento estudiantil y que generó un efecto de bola de nieve al sumar a la Confederación Agrícola, la Coordinación Rural, Solidaires, conductores de VTC, La Francia Insumisa y el Partido Comunista.
FRANCIA, el ayuntamiento de Limoges, construido en 1873, no sobrevivió a la barbarie de hoy. https://t.co/giQSCvqGtr
— Media Oriente (@MediaOriente) October 17, 2026
Lo que comenzó a mediados de septiembre en el Lycée Saint-Exupéry de Créteil, con bloqueos por la falta de personal, aulas deterioradas, sobrecupo y horarios agotadores, se expandió a cientos de establecimientos en todo el territorio, con miles de detenciones —en su mayoría menores— y heridos entre estudiantes, docentes y policías, en un reclamo que el gobierno reconoció parcialmente al anunciar el envío de unos 3.000 docentes de reemplazo y una suba del presupuesto educativo a 64.000 millones, sin lograr contener la indignación que se conjugó con la suba de combustibles, las facturas de energía y la percepción de un Estado que recorta mientras la desigualdad se amplía.
🇫🇷 | En la plaza de la República de París, los chalecos amarillos han desplegado una pancarta en la estatua de Marianne con la contundente inscripción: «2026, la policía mutila a los estudiantes de secundaria». https://t.co/9RrzWKwG0Z
— HerQles (@herqles_es) October 17, 2026
En París, la plaza de la República se convirtió en escenario de enfrentamientos desde las primeras horas de la tarde, con grupos encapuchados y vestidos de negro que lanzaron proyectiles y fuegos artificiales contra las fuerzas de seguridad, las cuales respondieron con gases lacrimógenos y cañones de agua, mientras se registraron incendios de vehículos y de un quiosco de prensa, intentos de aproximación a los Campos Elíseos —zona prohibida— y roturas de cristales en sedes de medios como CNews y Europe 1, en una capital donde se desplegaron al menos 5.000 de los más de 10.000 efectivos policiales y de gendarmería movilizados en el país.
FOOTAGE FROM FRANCISTAN. https://t.co/z1mP7kBcck
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Marsella registró algunas de las imágenes más impactantes, cuando manifestantes derribaron puertas del ayuntamiento en el Vieux-Port utilizando vallas como arietes y gritaron «¡Es la Revolución, tomamos la Bastilla!», para luego volcar mesas, romper pantallas y arrojar al suelo un busto de Marianne, al tiempo que se produjeron saqueos en comercios, incluido un establecimiento Hermès, el incendio de un local de audioprótesis y la evacuación del centro comercial Terrasses du Port, además del ataque a un puesto de policía municipal en la Canebière.
En Lyon, la oficina de turismo de la plaza Bellecour fue vandalizada e incendiada hacia las 14:30, mientras grupos hostiles obstaculizaban el acceso de los bomberos y lanzaban fuegos artificiales sobre los policías; en Lille, manifestantes rompieron ventanales del ayuntamiento y destrozaron oficinas tras dos horas de enfrentamientos; y en Limoges, un edificio histórico de 1883, inspirado en el de París y clasificado como monumento, fue atacado por individuos encapuchados que rompieron cristales, incendiaron un vehículo de la policía municipal y provocaron un fuego que destruyó gran parte del tejado y el campanile, al punto de que el prefecto y el alcalde lo consideraron «en gran parte perdido».
El balance oficial reportó unas 400 detenciones en las primeras horas —la mayoría de mayores de edad—, cifra que según el primer ministro Sébastien Lecornu ascendió a alrededor de 1.200 al cierre de la jornada, junto a unos 60 heridos entre las fuerzas del orden, mientras un manifestante perdió una mano en Saint-Étienne al recoger una granada de dispersión, en un episodio que se suma a la amputación sufrida por un adolescente de 15 años el 5 de octubre en Lens durante protestas previas, lo que reabrió el debate sobre el uso de estos artefactos, suspendidos temporalmente y luego reautorizados por el ministro del Interior Laurent Nuñez para enfrentar la «violencia urbana».
Emmanuel Macron, desde una posición que combina la defensa del derecho a manifestar con la condena enérgica de los desbordes, afirmó que quienes rompieron, atacaron prefecturas, comercios y alcaldías serán perseguidos y castigados, y llamó a hacer bloque frente a los «sembradores de caos» que buscan abatir las instituciones, mientras Nuñez atribuyó los actos de violencia a grupos de ultragauche y ultralibertarios de «extrema intensidad», y Lecornu advirtió que no se dejará intimidar en vísperas de las elecciones presidenciales del 18 de abril de 2027, en las que el actual mandatario no puede presentarse por el límite constitucional de dos mandatos consecutivos.
La jornada se inscribe en un otoño de creciente inestabilidad política y fiscal, con un Parlamento fragmentado desde las legislativas anticipadas de 2024, un presupuesto 2027 que enfrenta mociones de rechazo y la necesidad de acuerdos para evitar un mayor deterioro de las cuentas públicas, en un escenario en el que el Rassemblement National lidera las encuestas de primera vuelta y la sucesión de Macron se disputa entre figuras del centro como Gabriel Attal y Édouard Philippe, sin un heredero claro, mientras la izquierda permanece dividida y los chalecos amarillos reaparecen como símbolo de un malestar que el poder no logra encauzar.

