El empresario Elon Musk desató una fuerte polémica internacional luego de calificar como “absolutamente repugnante” una publicación del diario estadounidense The New York Times, a la que acusó de abordar la pedofilia desde una perspectiva que la presenta como un trastorno o condición psicológica en lugar de reconocerla claramente como un delito grave contra menores.
La reacción del CEO de Tesla y SpaceX se produjo a través de la red social X, donde respondió al contenido del artículo con un mensaje directo: “Utterly disgusting” (“absolutamente repugnante”). La frase se viralizó rápidamente y abrió un intenso debate público sobre los límites del tratamiento mediático y académico de uno de los crímenes más graves contemplados por la legislación penal en prácticamente todo el mundo.
The New York Times is utterly disgusting https://t.co/0xAE4raE6z
— Elon Musk (@elonmusk) February 24, 2026
El eje de la controversia radica en el enfoque utilizado por el medio estadounidense, que abordó el fenómeno desde una mirada clínica y psicológica, diferenciando entre la atracción hacia menores y el abuso sexual. Para Musk y para una gran cantidad de usuarios que respaldaron su postura, ese tipo de encuadres corre el riesgo de diluir la gravedad moral y jurídica del problema, trasladando el foco desde la protección de las víctimas hacia la comprensión del victimario.
La crítica del empresario puso sobre la mesa una discusión que trasciende el caso puntual: si el intento de medicalizar determinadas conductas termina relativizando delitos que, por su naturaleza, constituyen violaciones extremas a los derechos humanos de los niños. En ese sentido, numerosos comentarios en redes sociales coincidieron en que cualquier narrativa que desligue la pedofilia del ámbito criminal puede abrir la puerta a peligrosas justificaciones culturales o académicas.
El rechazo expresado por Musk también fue interpretado como una reacción frente a lo que considera una tendencia creciente en ciertos sectores mediáticos y universitarios a reformular categorías morales y legales mediante un lenguaje técnico que, según sus críticos, suaviza realidades profundamente dañinas. Para quienes respaldaron su postura, la discusión no es meramente semántica: definir la pedofilia como patología antes que como crimen implica alterar el eje de la responsabilidad individual y el lugar central de las víctimas.
Desde sectores críticos hacia Musk, en cambio, se sostuvo que el análisis psicológico busca prevenir delitos y comprender conductas para evitar abusos futuros. Sin embargo, la reacción pública evidenció que una parte significativa de la opinión pública percibe ese enfoque como una peligrosa ambigüedad frente a un delito que no admite relativizaciones.
El episodio volvió a exponer la tensión creciente entre figuras públicas con gran alcance en redes sociales y los medios tradicionales, especialmente en debates culturales y morales sensibles. Musk ha mantenido reiteradamente una postura crítica hacia lo que denomina “medios legacy”, a los que acusa de promover marcos ideológicos alejados del sentido común social.
La polémica reabrió así una discusión más profunda sobre el rol del periodismo y la academia al abordar delitos sexuales contra menores: si el análisis teórico puede coexistir con una condena moral inequívoca o si, por el contrario, ciertos enfoques terminan debilitando el consenso básico de que la pedofilia constituye, ante todo, un crimen que debe ser condenado sin ambigüedades.
