Un ataque a soldados mujeres reaviva la tensión entre religión, Estado y rol femenino en Israel (video))

El violento episodio registrado el 15 de febrero de 2026 en la ciudad israelí de Bnei Brak volvió a exponer una de las fracturas más profundas dentro de la sociedad del país, luego de que una multitud de extremistas ultraortodoxos agrediera a dos mujeres soldados que circulaban por la zona mientras cumplían con su servicio militar obligatorio.

Las jóvenes fueron hostigadas y perseguidas en plena vía pública, en un hecho que generó una inmediata reacción política. El primer ministro, Benjamin Netanyahu, calificó lo ocurrido como una situación de “anarquía inaceptable”, mientras distintos dirigentes señalaron que el ataque constituye una agresión contra valores centrales del Estado israelí.

El episodio volvió a poner en debate un conflicto social y religioso que se arrastra desde hace décadas y que gira en torno al rol de la mujer y la distribución de las obligaciones civiles dentro del país.

En el centro de la controversia se encuentra la comunidad ultraortodoxa, conocida como haredí, que mantiene una oposición absoluta al servicio militar femenino. Su postura se apoya en una interpretación estricta de la Halajá, la ley judía, donde el principio de recato —tsniut— es considerado incompatible con la estructura jerárquica y mixta de las fuerzas armadas.


Para estos sectores religiosos, la presencia femenina dentro del ejército representa una transgresión religiosa y una amenaza a la estructura familiar tradicional que sostiene su modo de vida. En ese marco, promueven que los jóvenes se dediquen prioritariamente al estudio de los textos sagrados antes que a la actividad militar.

En contraste, sectores laicos y liberales consideran al servicio militar como uno de los principales pilares de la identidad nacional israelí y un espacio de integración social. Desde esta mirada, la participación femenina simboliza un avance en materia de igualdad de género y cohesión social.

Para estos sectores, hechos como el ocurrido en Bnei Brak reflejan un intento de trasladar normas religiosas al espacio público y representan un retroceso democrático. El uniforme militar, sostienen, debe funcionar como símbolo de unidad nacional y respeto institucional, y no convertirse en un objetivo de violencia.

Entre ambas posiciones se ubica el sionismo religioso, corriente que busca compatibilizar la observancia religiosa con la participación activa en la vida estatal. Históricamente, parte de sus líderes rabínicos se manifestó en contra del combate femenino, aunque en los últimos años creció el número de jóvenes religiosas que deciden incorporarse al ejército.

Ese proceso generó tensiones internas dentro del propio movimiento. Mientras sectores conservadores advierten que la integración militar podría afectar la vida espiritual, otros impulsan una visión que combina la práctica religiosa con el servicio armado, planteando que una mujer puede desempeñarse como soldado sin abandonar su observancia.

Lo ocurrido en Bnei Brak volvió así a evidenciar que el debate sobre el papel de la mujer en Israel trasciende las discusiones parlamentarias o judiciales y se manifiesta también en el espacio público, donde conviven —y muchas veces chocan— las identidades religiosas, sociales y cívicas que atraviesan al Estado israelí.

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